2017, MI AÑO PARA DEJAR DE BUSCAR LA FELICIDAD

Antes que nada, espero que hayáis tenido una fabulosa entrada de año y todas esas típicas cosas que se dicen en estas fechas. Sin duda el día 1 de enero es el día con más poder para hacernos recopilar esa (gran) cantidad de cosas que queremos cambiar o mejorar en nuestras vidas durante los 365 días que tenemos por delante.

Comer sano, dejar la cerveza, ir al gimnasio, salir a correr, ser más puntual, plantar un árbol, escribir un libro… Paparruchadas que nos hacen sentirnos mejor las 48 primeras horas de cada nuevo año y que a medida que pasan los días vamos guardando en el cajón de “cosas que no se donde meter”.

Hacer una lista de propósitos cada fin de año es la supuesta regla número 1 para conseguir mejores resultados y una vida más plena, pero también es un invento del marketing para que compremos modernas máquinas de cardio o carísimas zapatillas de running súper último modelo.

¡Y ojo! Yo siempre he sido muy de hacer listas de todo tipo, de sitios que ver, de lugares donde comer, de cosas que comprar… Así que sí, yo siempre he sido de las que unos días antes de que acabara el año hacía una buena lista de objetivos que cumplir porque pensaba que así lograría ser un poquitín más feliz.

La parte final de mi ritual era abrir el papelito que había escrito y guardado con mimo el año anterior, leer todo lo que había puesto, tachar todas las cosas que finalmente había logrado y preguntarme ¿eres hoy más feliz que hace 365 días? La respuesta de todos los años ha sido la misma. “No lo sé”.

Pero, si había tachado un porrón de cosas de la lista, ¿porqué no me sentía más feliz que al año anterior o doblemente feliz que hace dos años?

2016 ha sido un año de aprender infinidad de cosas, entre ellas, que la felicidad no es un estado prolongable en el tiempo. Lo siento pero no, no podemos ser felices siempre. Ni siquiera podemos acumular felicidad año tras año como si puntos del Candy Crush se tratase.

Todos luchamos por tener taladrada en la cara una sonrisa permanente acompañada de un estado de éxtasis cada día al levantarnos. Siempre hacemos lo posible por conseguir ese algo que pensamos que nos acercará del todo a la felicidad, y por supuesto que es necesario hacerlo, pero desde la clara idea, de que no podemos huir de los problemas, ni de los imprevistos. No podemos huir del dolor que puede traernos según que situaciones. Eso señoritas, es otra parte de la vida que hay que aprender.

Y con este testimonio, triste para muchas, no quiero decir que no sea feliz, o que la felicidad no exista… ¡Ni mucho menos! Lo que quiero decir es que la felicidad se guarda en forma de recuerdos, pero amigas, es imposible meterla en una jaula para tenerla en casa. Es inútil intentar cazarla para siempre.

Este año, al abrir el papelito que escribí en 2015, he decidido no tachar nada. De hecho, he decidido no escribir una lista de “propósitos que me harán más feliz” nunca más… No quiero un año de persecución, quiero un año de acercamiento, a mi cuerpo y a mis propias emociones, buenas y malas, con amor y sin presión.

He aprendido que solo quiero dejarme fluir, dejar que la vida sea vida, sin más. Dejar que la vida me traiga y dejar que la vida se lleve… Haciéndome feliz a ratos. Sorprendiéndome.

En 2017 no quiero huir del dolor, ni esconderme de los momentos amargos, quiero afrontarlos, quiero dominarlos y quiero aprender a gestionarlos, porque creedme, eso nos hace fuertes, nos hace un poquito más invencibles y nos acerca más a lo que realmente somos.

Quiero un año de ir subida en mi propia montaña rusa soltada de manos y gritarle al mundo un enorme ¡WOOOW! al final del viaje… Definitivamente, lo que de verdad quiero, es un año que acabe con mil cosas hechas y no con mil cosas por hacer.

 

Gracias por leerme,

María

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