LA FELICIDAD DE SER IMPERFECTA

Cuando somos niños no tenemos la necesidad de impresionar. Quizás nos guste que papá o mamá nos aplauda cuando hacemos una pirueta imposible o cuando conseguimos que en el cole nos coloquen una estrellita dorada en el entrecejo, pero más lejos de eso, no buscamos la aprobación constante de nuestros iguales para sentirnos felices al acabar el día.

A medida que cumplimos años, vamos necesitando (cada vez más y de manera exponencial) que los demás acepten y aprueben lo que estamos haciendo. Que a tu mejor amiga le guste la última falda que te has comprado o que tu pandilla piense que eres una tía súper enrollada con un armario estupendo y la mejor colección de zapatos/perfumes/pósters de todo el instituto.

Lo peor viene cuando nos hacemos adultos y compramos el billete sin retorno para esa noria que llaman sociedad y de la que es verdaderamente difícil bajarse para mirar desde fuera como un simple observador, sin dejarse llevar por su ritmo aterrador.

Una vez montados, queremos que nuestra cabina sea igual de estupenda que la de la vecina, que esté igual de limpia, que sea igual de grande, que esté perfectamente decorada y que tenga los cristales más relucientes de tooooda la noria, qué digo, de todo el mundo de las norias.

Pero la realidad es otra: mantener este nivel de autoexigencia es imposible y lo peor, es jodidamente insano.

Vivir con exigencias constantes es un veneno disfrazado de bebida isotónica.

Confundimos las metas con los mandatos impuestos por sabe Dios quién… Un cuerpo perfecto, un trabajo ideal, un marido Ken y una mansión con piscina y flotador rosa con forma de flamenco.

Tanto tienes, tanto vales. Esa es la fabulosa sociedad en la que vivimos inmersos, unos más que otros, pero todos con los pies bien metidos.

Tienes que viajar a sitios únicos, tener ropa súper exclusiva, una casa de diseño, un cuerpo que llame la atención y un coche último modelo para despuntar y sentirte la más especial del lugar. Además, es requisito indispensable comunicar a la multitud todo lo que tienes, claro.

Vivimos en la era de internet en su máximo apogeo. Todos volcamos lo que reluce de nuestras vidas, ocultando debajo de las piedras lo corriente, lo común, lo que todos hacemos pero que nadie enseña por miedo a ser una persona out y aburrida.

Podemos ver como viven los famosos, las it-girls, tu vecina la de abajo y tu ídola de cuando eras adolescente. Increíble poder estar conectadas 24 horas, pero peligroso cuando casi sin querer, te ves comparando tu vida real y terrenal (con todas sus cosas normales y corrientes) con (solamente) la parte celestial de la vida de otros.

Ahora es mucho más sencillo encontrarte de repente sentada en una esquina, juzgándote a ti misma de manera injusta cruel y sintiéndote vacía, hueca.

Nunca somos suficientes. Siempre queremos el pelo más liso y el culo más arriba, un trabajo mejor considerado o un viaje más largo. ¿Lo peor? No llegas a sentirte satisfecha jamás y aparece la tan terrible y temida frustración, capaz de hacerte caer en garras fatídicas que no te dejan escapar por más que patalees.

Estar en continuo contacto con el exterior (o más bien, con la parte bonita del exterior) nos ha creado una venda bien pesada que nos impide encontrar satisfacción en lo mundano, en lo corriente, en lo que traemos de fábrica y en lo que de verdad sentimos.

Sinceramente, me da la sensación de que cada vez nos imponemos más reglas absurdas, incoherentes e inconexas con nuestra propia naturaleza.

Esto parece una maratón a gran escala donde todo el mundo quiere despuntar a cualquier precio, demostrando lo indemostrable y escalando montañas pisando las cabezas que hagan falta.

Pero ¿sabes qué? Cada vez tengo más claro que no tengo, ni quiero demostrarle nada a nadie. Que la vida no va de conformarse y que hay que trabajar por los sueños, si, pero siempre desde el respeto por una misma y desde la satisfacción de haber hecho las cosas lo mejor que hemos podido desde las circunstancias que nos han acompañado en ese momento, sin frustraciones ni comparaciones.

Estoy encontrando el encanto de situarme en mi propio centro, sin vivir exigiéndome hasta exprimirme y sin derrotarme a mitad de camino. Estoy encontrando el encanto de vivir siendo imperfecta… Estoy encontrando el maravilloso encanto en no querer que los cristales de mi cabina sean los más limpios.

 

Sed felices,

María

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3 comentarios

  1. Como siempre, verdades como puños. Da gusto leerte María, derrochas fuerza, naturalidad y vida. Sigue inspirando y motivando como haces cada día. Hacen falta más Maria Lunas en el mundo 💜

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