EL DÍA QUE DEJÉ DE CONTAR CALORÍAS…

El día que dejé de contar calorías… Ese día. Lo recuerdo con tanto cariño y terror a la vez… Qué absurdo, ¿verdad? Ni que fuera malo contar calorías o pesar la comida. Con lo buenas que están las chicas que lo hacen, ¿cómo iba a ser eso malo? ¿cómo iba a pensar que podía afectarme contar calorías con lo felices que aparentaban ser esas chicas con cuerpos esculturales?

Siempre hice deporte, toda mi vida, desde la infancia. Baloncesto, atletismo o béisbol, fueron algunas de mis actividades preferidas cuando salía del colegio. Sentirme activa me hacía sentir feliz y orgullosa al final del día, incluso antes de saber que se llamaba serotonina la responsable de ese sentimiento de satisfacción.

Luego llegó esa etapa taaaaaan complicada en la que mis mayores preocupaciones eran llevar el pelo bien planchado y que el chico que me gustaba me saludara al cruzarnos por los pasillos del instituto. La “edad del pavo” fue mi etapa paréntesis, y sinceramente, tampoco le hacía mucho caso a esas actividades que años atrás me habían apasionado.

Ya unos años más tarde, cuando volví a retomar el deporte, empecé a fijarme en esos cuerpos finos, tersos, con piel pegada al músculo y un brillo que deslumbraba. ¡Madre mía! ¿Cómo lo hacían? ¿Cuál era el secreto? Yo hacía ejercicio y comía sano pero ni por asomo tenía esos abdominales y esos glúteos perfectos y redondeados que me quitaban el sueño.

Ahí empezó mi búsqueda extensa sobre las herramientas que necesitaría para ponerme manos a la obra e ir a la caza de ese “cuerpo de verano” que me haría lucir perfecta en la playa. Dietas estrictas, entrenos perfectamente cuadriculados, kilos de suplementación y si podías permitírtelo, un entrenador personal que te guiara en el proceso: esas eran las pautas inquebrantables del asunto.

Ya no había marcha atrás. Allá iba, dispuesta a contratar a un entrenador que me pusiera los puntos sobre las íes y me hiciera perder esos kilos que solo yo creía que me sobraban, pero que en realidad estaban absolutamente perfectos donde estaban.

Con un cuestionario de apenas una carilla, me hicieron una dieta que dejaba mucho que desear. Sin duda, para mi, en ese momento era una dieta perfecta. No me planteé nada, no me importaban las calorías que tuviera o el hambre que me hiciese pasar. Me daba igual comer todos los días lo mismo. Me daba absolutamente igual que mi familia me dijera que esa dieta era pobre e insuficiente, yo tenía claro el objetivo.

¡Wow, que estricta y monótona es! Justo lo que muestran esas chicas musculosas que me enseña Instagram… Eso es buena señal ¡ya estoy más cerca de mi objetivo!”

Cada día estaba más cansada, con un humor de perros y aburrida de ni oler el aceite de oliva, ¿pero qué tenía de malo el aceite de oliva? ¿y la fruta por la noche? ¿y los frutos secos? No podía ser malo comer una ensalada completa con de todo y un buen chorro de aceite de oliva sin necesidad de medirlo con una cucharita. Era absurdo.

Mi interés por mejorar físicamente seguía aumentando, pero me negaba a aceptar que la única forma fuese la restricción y austeridad alimenticia. Me negaba a pasarme el resto de mi vida comiendo sin variedad, insípido y con libertad nula de escoger los alimentos que me apetecían. Ahí empezó mi búsqueda sobre el cálculo de macros y el conteo de calorías de una manera un poco más flexible.

Después de comprobar que la dieta que me diseñó, a duras penas llegaba a las 1000 calorías, me alegré de haber emprendido mi camino. Aprendí a manejar cantidades más coherentes de comida, estaba mucho más feliz y tenía más energía para afrontar el día a día. Pero no nos engañemos, seguía en la misma cárcel, en la misma rueda, corriendo detrás de un objetivo en el que realmente no creía y que en el fondo no iba a hacerme más feliz.

Me llevé más tiempo del que me hubiera gustado contando calorías, enganchada a Myfitnesspal, registrando cada gramo de alimento que consumía y cada mililitro de aceite de oliva que le ponía a la sartén para hacerme el pollo. Iba a casa de mi madre a comer y por supuesto me llevaba mi tupper, pero si no me daba tiempo de preparármelo en casa, cargaba con la báscula de cocina para poder pesar cualquier cosa que me preparara. Era una mujer pegada a una báscula, literalmente.

Pasaron unos cuantos meses antes de darme cuenta de que la persecución de mi objetivo me había alejado por completo de mi esencia, del sentido común que siempre me había caracterizado y de lo que realmente me hacía feliz. Me sentía completamente esclava de un estilo de vida que siempre había amado y que últimamente me hacía sentir entre rejas, sin elección y tristemente atrapada.

¿Me compensaba tener abdominales marcados a cambio de sentirme así? Francamente no.

Lo que aparentemente era una dieta variada y flexible, escondía detrás una obsesión que me alejaba de mi misma, de comer de forma instintiva, de ver los alimentos como lo que son, alimentos, sin más. Un par de huevos ya no era un par de huevos, eran 10 gramos de proteínas, 12 de grasa y 1 de hidratos de carbono. Salir a comer fuera se había convertido en una odisea que me hacía perder el control de lo que ingería, ¿cómo iba a saber ahora el computo total de macros de ese día?

Y al fin llegó el momento de lucidez que tanto necesitaba. Un día, sin más, decidí dejar atrás ese absurdo de vivir pesando lo que comía. Me di cuenta de la gran inseguridad en mi misma que se escondía detrás de ese conteo estricto que me hacía autocastigarme cuando no se cumplía al 100%. Estaba completamente segura que podría seguir estando en forma sin necesidad de pesos, ni macros, ni las estupideces varias que me habían acompañado en los últimos meses.

Comer hasta estar saciada, mmmmmm… ¡Qué bien tan poco valorado! Llevaba meses comiendo lo que me decía una aplicación y lo que pautaban unas cuentas en un papel, ya no me acordaba de lo que era comer hasta que mi cuerpo me dijese: “Ya estoy bien María, puedes parar aquí”. Y de verdad te digo, no existe una sensación más reconfortante que hacer lo que tu cuerpo te pide, lo que tu cuerpo te grita a los cuatro vientos que necesita.

Cuando aprendes a comer alimentos de verdad, no necesitas pesar nada porque sabes perfectamente que estás comiendo lo que tu organismo requiere para sentirse bien en todos los niveles. Es tu propio cuerpo el que te avisa cuando está saciado. Tu mente deja de necesitar eso de reventarte a comida basura una vez a la semana, porque durante el resto de días comes lo tienes que comer, ni más ni menos.

No hemos evolucionado como especie con una báscula a cuestas. No la necesitamos para estar sanos, y de hecho, creo que pesar la comida, a largo plazo, genera un estrés y un agobio que acaba restando salud mental y física. Las obsesiones que genera cumplir diariamente con unos macros establecidos en un papel, no hacen más que restarte seguridad en ti misma. Crees que tener todo bajo control y medir cada gramo de comida, te acerca a sentirme mejor contigo y con tu cuerpo… Pero no te engañes, si no eres feliz con lo que tienes, no serás feliz con lo que te falta, y en la mayoría de los casos, no te falta nada, ni siquiera esos abdominales que crees que necesitas para sentirte bien y plena.

Para mi, comerme una ensalada sin medir con una cucharita el aceite que le pongo, es libertad. Comerme 4 filetes de secreto ibérico si un día me apetece, es libertad. Comerme 2 plátanos de postre en la cena, es libertad. No estar apuntando después de comer lo que he comido, es libertad. Quererme y respetarme, es libertad. Adorar el templo en el que habito, sin castigos, es libertad…

Ahora tengo más claro que nunca que no necesito ponerme rejas para sentirme bien conmigo misma. Me quiero libre. Me amo libre.

 

Sed felices,

María

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2 comentarios

  1. bRAVO mARÍA! LEERTE HA SIDO COMO SI ME LO ESCRIBIERAS A MÍ!
    CUANTOS AÑOS PERDIDOS EN BUSCA DE ALGO QUE NI ME HACE FALTA NI ME HARÁ TAN FEÑIZ COMO PENSABA EN SU DÍA QUE LO SERÍA!

    GRACIAS POR PONERME EN LETRA LOS PESNAMIENTOS D EMUCHAS!

  2. La vida es un cúmulo de experiencias personales. La dieta debe ser un estilo de vida, y no durar menos que un postgrado o en cuatro días, estarás como al inicio u obsesionada. Creo que contar calorias es un aprendizaje necesario para ser capaz de alimentarse saludablemente de manera autónoma. Lo que no es saludable, es seguir una dieta de 1000 calorias. Muchas gracias por compartir.

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