HISTORIA DE MI PARTO

No se muy bien como empezar este post. Es la primera vez que me siento a escribir sobre el que sea quizás el momento más importante, emocionante e increíble de mi vida y me daría rabia saltarme cualquier mínimo detalle. La historia de mi parto puede no tener nada de especial para la persona que lo lea, no fue un parto difícil ni aparatoso, pero a mí, con tan solo recordarlo me hacer despertar un sinfín de emociones que aún a día de hoy no puedo explicar con palabras.

No me gusta tener guiones establecidos cuando hablo/escribo de cosas personales, a pesar de ser la persona más controladora y organizada del planeta, me gusta que las palabras fluyan cuando me siento a contar cosas delante de la pantalla. No iba a ser menos en este post, puede que me repita, o que quizás me salte alguna parte importante, no sé. Me sigue poniendo muy nerviosa pensar en aquel día, se me sigue erizando el vello y casi siempre asoma una lágrima si me paro a recordar en detalle como sucedió todo.

Puede que el BOOOOM emocional sea más debido a lo que supuso (y sigue suponiendo) para mí la etapa del postparto que al parto en sí. Eso por supuesto se merece un post aparte que espero ser capaz de escribir algún día.

Pocas semanas antes de parir tuve la gran suerte de acudir a una reunión que organizó mi monitora de yoga. Había invitado a Rafa, un matrón increíblemente respetuoso que fue capaz de contarnos la realidad que nos íbamos a encontrar cuando naciera nuestro bebé. ¿Sinceramente? Yo no entendía nada de lo que decía, me parecía exagerado la forma tan visceral que tenía de contarnos la parte cruda de ser madre.

A pesar de ello, anoté en mi mente cada emoción que describía. Cerraba los ojos fuerte, apretándolos, como si así la emoción fuese a grabarse con más intensidad. Quería recordarlas todas una vez tuviera a mi bebé en brazos. Ahora me doy cuenta que las emociones no se guardan sin conocerlas.

Nos contó tantas cosas importantes, tantas verdades juntas en apenas dos horas… Nada sería igual que antes, absolutamente nada.

Quizás lo que más me impactó fue cuando nos dijo que el parto era nacimiento y era muerte. Todas nos estremecimos cuando dijo aquella frase tan contundente, pero joder Rafa, ¿cómo podías tener tanta razón?

“Cuando el bebé nace, nace una madre, pero muere una mujer”, así de claro nos lo dijo y así de fuerte es. Me encantaría entrar en más detalle sobre esto, pero de verdad, creo que un post exclusivo sobre el postparto os ayudará más a las que estéis en proceso de ser mamá y me ayudará más a mí a liberarme de nudos que aún tengo bien liados en lo más profundo de mi alma.

Salí de aquella reunión con una mezcla de ganas y miedo alucinante. Necesitaba tener a mi niña en brazos, pero sentía que no estaba preparada aún, ¿cómo iba a sentirme preparada después de todas las cosas que nos habían contado? Por lo visto, ser madre era difícil.

Yo, en un ataque de positivismo extremo, pensé que nada sería tan duro como lo pintaban, estaba segura que mi parto iba a ser perfecto (por suerte así fue) y que mi postparto también. Seguro que no era tan complicado cuidar de un bebé, lo había visto antes con mi ahijado y con los seis sobrinos de Pedro. Todo parecía sencillo y sin complicaciones: comer, dormir, cagar y repetimos.

Ay María…

En fin, me lío y no entro en materia. No quería hacer un post demasiado largo para no aburrir, pero jolín, es la primera vez que me siento a escribir sobre mi parto, y son tantas las cosas que me gustaría contar, tantos los cambios que he sufrido desde el último post, tanto todo…

Cambiando de tercio y dejando de lado la parte sentimental (que no es poca) tengo que decir que llegué al parto en perfecto estado físico. Me encontré genial hasta la misma mañana que empezaron las contracciones. Entrené con pesas hasta el día de antes, recuerdo además que mi postentreno fueron unas hojaldrinas sin gluten y sin azúcar riquísimas que me preparó mi madre.

Haber entrenado y haber comido sano durante (y por supuesto ANTES) todo el embarazo me ha generado un bienestar impresionante durante todo el proceso. Nada de cansancio, bajadas de tensión, vómitos, dolores de ningún tipo o molestias musculares. Lo más molesto de los 9 meses de embarazo fue el estreñimiento y el hambre voraz que tenía a todas horas, ¡qué horror! tener hambre a todas horas llegó a ser incómodo.

En total cogí unos 10-11 kilos, todo lo que tenía era barriga, me mantuve genial. Obviamente, repito OBVIAMENTE, no pasé hambre en absoluto, el embarazo NO es etapa de DIETAS, seamos coherentes por favor. Hacía 3 comidas MUY contundentes con algún snack en medio de fruta o frutos secos, había días que mi madre tenía que decirme que parase de comer, literal.

También ayudó el hecho de no comer absolutamente nada de comida basura en todo el embarazo, esto fue una decisión muy personal. Si me apetecía una hamburguesa, una pizza o algo dulce me lo preparaba yo en casa con ingredientes de calidad. Soy bastante concienzuda con la alimentación y sabía que la etapa del embarazo me llevaría a serlo más aún. Era la etapa más importante de mi vida y solo quería que mi bebé recibiera lo mejor. Repito, esta fue mi decisión personal y a día de hoy estoy feliz de haberla tomado.

Cada embarazo es distinto, cada cuerpo es distinto, cada mujer es distinta y por supuesto cada una tiene sus circunstancias. Lo importante es cuidarse lo máximo posible dentro de las posibilidades de cada una, sin presiones y sin comparaciones. Todas lo hacemos lo mejor que sabemos y podemos.

Yo hasta la noche del 17 de diciembre estuve pletórica subida en mi pelota de pilates, haciendo los ejercicios de estiramiento que solía hacer cada noche, sin notar nada fuera de lo común. Al día siguiente había quedado con mi madre por la mañana para ultimar detalles, mi niña podía llegar en cualquier momento y yo quería dejar la casa como los chorros, lo que viene siendo síndrome del nido en toda regla.

Esa noche no dormí nada, tenía calor, en pleno diciembre, si, y además alguna molestia en la zona lumbar, nada exagerado. Lo que realmente me quitaba el sueño era como organizarme con mi madre a la mañana siguiente para que nos diera tiempo a limpiarlo todo en el hueco de la mañana.

Me levanté a las 9:00, me senté en la esterilla de yoga a hacer un par de estiramientos antes de desayunar, me había levantado sin hambre y con un cansancio extremo, pensé que había sido por haber dormido poco, pero a decir verdad, era un cansancio exagerado acompañado de un leve dolorcillo de regla. En ningún momento me planteé que estuviese de parto, estaba de 38+4 semanas y aún me quedaban algo menos de dos semanas para salir de cuentas.

Sobre las 10:00 llegó mi madre, yo estaba desayunando un poco de pollo cocido con plátano a la plancha y un puñado de avellanas, seguía sin hambre, pero me obligué a comer algo a ver si se me pasaba el agotamiento que arrastraba.

Su reacción automática al abrirme la puerta fue decirme: “María, tú no estás bien”. En serio, es increíble hasta donde llega el instinto de una madre. Realmente no me encontraba bien, así que me terminé como pude el desayuno y antes de que me diera tiempo a coger la escoba ya tenía a mi madre agarrándome del brazo y diciéndome que me sentara en el sofá, que ella lo haría todo. Le dije que no fuese exagerada, que descansaría media hora pero que enseguida me pondría con ella a limpiar.

Pero antes de tumbarme en el sofá sentí un dolor de barriga de estos típicos que te entran cuando vas a un examen importante, ya sabes ¿no? Una descomposición de estómago tremenda con un dolor bastante peculiar. Fui al baño y ¡oh, sorpresa!, mis braguitas tenían una mancha rosa bastante grande acompañada de flujo. Ya llevaba días expulsando una especie de mucosidad de color claro, imagino que sería el tapón mucoso, así que imaginé que eso eran los restos que quedaban para expulsarlo del todo. Ahí fue cuando me di cuenta que llevaba un rato con dolores intermitentes en toda la zona lumbar-abdominal: contracciones cada 5-6 minutos.

Llamé a mi madre y al mirarme le cambió la cara: “Cuki, esto es parto”. Las dos nos miramos y sonreímos. Yo seguía un poco en babia, la verdad, de un momento a otro me entró un subidón de energía impresionante… El cuerpo es sabio y sabía lo que se avecinaba.

Escribí a Pedro al móvil del trabajo para contarle lo que pasaba y en menos de 10 minutos estaba en casa, le dije que esperaríamos un poco, no quería llegar tan pronto al hospital, pero entre mi madre y él me convencieron de que lo mejor era irnos, las contracciones iban relativamente rápido y al haber soltado un poco de sangre nos entró el miedo a todos y finalmente decidimos irnos.

Yo estaba más tranquila de lo que nunca imaginé. Me di una ducha calentita, cerré los ojos y dejé que el agua fuese arrastrando cualquier ápice de inseguridad que me aflorara por los poros. Todo saldría bien, llevaba meses preparando mi cuerpo para el parto que siempre deseé y ahora solo quedaba tener confianza en el proceso.

Eran las 12:00, ya estaba duchada y vestida, recuerdo pensar con detalle la ropa que me pondría sin caer en la cuenta de que nada más llegar me pondrían un camisón de esos sexys abiertos por detrás que ponen en los hospitales. Daba igual, a mi me hacía ilusión escoger que leggins y que jersey llevaría puesto. Ese fue el último día que pude escoger con calma mi outfit… (verdad verdadera).

También me dio tiempo a prepararme una nevera con algunos de los snacks que me salvarían mi estancia en el hospital. Unas porciones de pollo cocido congelado, un par de paquetes de avellanas, manteca de almendras, plátanos, manzanas, dátiles, higos secos, ciruelas pasas y unas tortas de arroz. No quería morirme de hambre cuando vinieran con el pan y las galletas en la merienda o el desayuno. Mujer precavida vale por dos, ¿no?

Sobre las 13:00 decidimos irnos, las contracciones eran cada 5 minutos más o menos, pero no eran dolorosas. Recuerdo decirle a mi madre y a Pedro que no quería irme tan pronto, que seguro que eran contracciones de Braxton-Hicks y que a lo mejor no era parto. Mi madre se reía y me daba besos, estaba nerviosa y emocionada. Ahora la entiendo tanto, tanto…

A las 13:30 estábamos en el hospital. Yo iba con mi plan de parto en mano, segura de lo que quería y dispuesta a luchar por un parto respetado.

Me pasaron a la sala de dilatación para ponerme las correas y hacerme el primer tacto. Estaba dilatada de 1 cm. Les pregunté si podía irme a casa, había leído historias donde se tardaba horas y horas en dilatar y yo me encontraba genial, podía llevarme días así y prefería estar en casa. Me dijeron que claro que podía, pero que eso iba muy rápido y que seguramente entre ir y volver a casa tendría que volverme de nuevo al hospital. Ay mamá, esto es cosa seria.

Las dos matronas que me asistieron fueron increíbles. Nunca tendré suficientes palabras bonitas para esas dos personas que desde el primer momento me demostraron que verdaderamente amaban su trabajo. Leímos juntas el plan de parto desde la primera hoja hasta la última, entrando en detalle sobre cada punto, preguntándome minuciosamente como quería que fuese mi parto. Me dijeron que si estaba en su mano, sin duda lo harían todo tal y como yo lo había escrito. Eso me tranquilizó aún más.

Sobre las 15:00 ya estábamos en la habitación. Tuvimos la gran suerte de que hubiese habitaciones suficientes y no tuviésemos que compartirla, en caso contrario no hubiera pasado nada obviamente, pero agradecí mucho poder disfrutar a solas con Pedro esos últimos momentos como familia de dos.

Allí estaba yo, viendo “La que se avecina” comiendo higos secos mojados en manteca de almendras y riéndome de las gracias que me hacía Pedro cada vez que venía una contracción. Eran las 16:00 aproximadamente cuando ya la cosa empezó a notarse y las contracciones empezaron a doler un poco más. Aún así, algo totalmente soportable: las duchas de agua caliente me ayudaban muchísimo a aliviar las molestias lumbares. En todo momento intenté llevar a cabo la respiración que había visto en los 342834 videos de YouTube que me puse meses atrás. Pensar en que en unas horas tendría a mi niña en brazos era el motor para que ese dolor se convirtiera en felicidad y no en sufrimiento. Recordaba las palabras de Rafa: “Cada contracción os acerca unos milímetros más”.

A las 17:30 llegaron mis padres a la habitación, con las caras blancas, llenos de euforia pero con lagrimillas sueltas cada vez que yo cerraba los ojos por la sacudida de las contracciones. A esa hora ya dolían y cerrar los ojos me ayudaba a relajarme y a mantenerme con la mente focalizada sin perder el control. La pelota de pilates no me sirvió tanto como esperaba, estar sentada no me ayudaba demasiado, así que anduve por toda la habitación unas cientos de veces para que la gravedad hiciese su trabajo y Luna fuese bajando poco a poco.

Fue todo un acierto escribir en mi plan de parto que no quería ninguna vía enganchada que me impidiese el libre movimiento, y por supuesto todo un lujo que respetasen mi decisión. Ir con una aguja enganchada no hubiera hecho más que dispararme la adrenalina e impedir el ritmo natural de mi cuerpo para traer a Luna al mundo.

A las 18:00 me hicieron otro tacto, estaba de 6 cm: “madre mía ¿ya?”. Me preguntaron por última vez si quería ponerme la Epidural y muy segura contesté que no. Tenía claro que no quería anestesia a no ser que fuese estrictamente necesario por el bienestar de mi bebé, además no estaba teniendo dolores fuertes y la dilatación estaba siendo rapidísima. Esta es una decisión muy personal por supuesto, yo lo decidí incluso antes de quedarme embarazada. Si las circunstancias acompañaban y mi cuerpo me lo permitía, siempre desde el respeto hacia mi misma, pariría sin Epidural.

Este fue un punto de inflexión en el proceso de parto, a partir de aquí parece que mi memoria empezó a desconectarse. ¿Sabes el típico sonido de estar debajo del agua? Así recuerdo la última parte, con voces lejanas, imágenes algo turbias, un poco de mareo…

En ese momento decidieron llevarme a la sala de dilatación. Recuerdo que llamaron al chico de la camilla para que me trasladaran pero yo dije que podía caminar perfectamente y que iría sola hasta allí. Definitivamente, estaba ida del todo.

Las contracciones eran cada minuto (o menos) y el trayecto hasta allí se me hizo interminable, parando en cada una de ellas, agarrándome a la pared y apretando con todas mis fuerzas el brazo de Pedro, que no se separó de mi ni un solo segundo.

En la sala de dilatación estaban mis dos matronas, mis dos ángeles de la guarda. Me hicieron el tercer tacto y estaba de 10 cm. En el camino de la habitación a la sala de dilatación había terminado de dilatar, no me extraña que se me hiciera tan largo, ahí el dolor era toda una realidad. Me preguntaron si quería seguir allí o si prefería que me pasaran a paritorio. Sin duda me quede en la sala de dilatación, era un lugar bastante acogedor, con luces agradables, sin cables y con paredes en un tono naranja suave.

Me preguntaron en que posición quería ponerme para el momento del expulsivo, les dije que me daba igual, pero que necesitaba empujar ya. Así que ya había llegado la hora de la verdad, la hora de empujar con todas mis fuerzas para que Luna saliera lo antes posible.

Este fue la parte más dura de mi parto, tuve un expulsivo de casi dos horas: Luna venía con la cabeza un poco doblada y eso le impidió salir todo lo rápido que debería de haber salido.

Esas dos horas se me hicieron eternas, sentí un dolor indescriptible y un cansancio que me lo puso difícil la última hora de pujos. Creía que ya no podía más, pensaba que las fuerzas se me habían acabado después de tanto tiempo empujando.

En esas dos horas me preguntaron si quería la luz más fuerte o más suave, me dieron zumo de piña con una cañita, me acariciaban la cara, me limpiaban el sudor con una gasa, me apretaban la mano en señal de ánimo y no hacían más que regalarme palabras de apoyo y de fortaleza, pero yo, yo ya no podía más. Veía a Pedro con la cara completamente desencajada, esforzándose por poner un gesto de valentía que a duras pena le salía, él estaba derrotado de verme así, pero en todo momento fue mi pilar, mi compañero más fiel, en ese momento más que nunca.

Yo pujaba y pujaba y entre sollozos preguntaba si la niña estaba bien. Realmente era lo único que me importaba en ese momento, daba igual que mi cuerpo tuviera la sensación de que iba a romperse a trozos literalmente, yo solo quería saber que mi niña estaba bien para seguir sacando fuerzas de donde no las había.

Probamos la posición de cuclillas en el suelo, a cuatro patas en el suelo, a cuatro patas en la cama y finalmente recostada en la cama. Pedro me aguantaba una pierna con una mano, con la otra me acariciaba. Yo me agarraba con los dos brazos a la parte de arriba de la cama cada vez que tenía que pujar, sentía que así sacaba más y más fuerza. Madre mía, recordándolo ahora aún me pregunto como una mujer es capaz de parir, es tan bestial, tan animal y tan jodidamente impresionante…

Allí estaba yo, sin vías, sin anestesia, con una matrona poniéndome trapos de agua caliente en la vagina para no desgarrarme, con la luz casi apagada, con el cuerpo empapado, chorreando un sudor lleno de hormonas y de ganas, de fuerza y de lágrimas.

No hacía más que repetir que no podía más, yo así lo creía. Una de las matronas me dijo que faltaba muy poco, que la cabeza ya estaba ahí y que solo necesitábamos 2-3 empujones más para que saliera la cabecita de Luna. Esas eran las palabras que necesitaba para empujar con toda la fuerza del mundo, con la fuerza que pensaba que no me quedaba. Cuando sentí la cabeza salir pude comprobar porque el tan famoso “aro de fuego” se llama “aro de fuego”, no se me hubiera ocurrido mejor nombre. Sentí toda mi zona genital arder, pero sabía que su cabeza estaba fuera, un pujo más y mi niña estaría encima de mi cuerpo, pegada a mí, conmigo al fin. Mi niña preciosa.

A las 20:10 nació Luna: rosada, caliente y con el mejor olor del planeta. Allí estaba ella, perfecta, sana, llena de vida, con un llanto precioso que pedía alimento, calor y amor, un amor que me salía a borbotones por cada poro de mi cuerpo. Mi vida había cambiado para siempre, la sensación de empoderamiento era indescriptible, jamás me había sentido tan guerrera. Había traído a mi niña al mundo.

Pedro la vio nacer, la vio salir en primer plano, estaba sentado en la cama, a mi lado, alucinando con lo vivido y sin palabras que pudieran describir lo que había visto. Estábamos exhaustos, yo un poco más que él 😉

Mis padres entraron a verme enseguida, de hecho las matronas me preguntaron durante el pujo si quería que mis padres estuvieran en el expulsivo para ver nacer a Luna, pero yo estaba en unas condiciones que seguramente les hubiera hecho pasarlo mal, así que preferí que entraran una vez hubiera nacido.

18 de diciembre de 2018, mi vida había cambiado para siempre. Había vivido mi parto como siempre imaginé, con la suerte de haberme topado con gente que lo hizo posible. Tenía a mi hija en mis brazos, había nacido mi razón de vivir, había nacido yo cómo madre, y si, Rafa tenía razón, ese día también me despedí de una parte de mí que jamás volvería.

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4 comentarios

  1. Ay Maria, me ha encantado como has descrito tu parto……
    Me gustaria leer mas relatos de mujeres que miran con objetividad el dolor y el amor que surge de un parto, y tu lo has clavado.
    Si algo recuerdo del mio es dolor y ese olor de nuestros bebes tan característico y que nuca olvidare.
    Siempre imagine un parto en el agua y sin epidural el dia que llegase, pero esto se torcio al final, tras muuuuuuuuuuchas horas de contracciones mi cuerpo no podía mas, y aunque no es lo que había imaginado, termine con epidural, imagine que asi no existiría el dolor, pero no fue asi, lo único que mi permitio fue descansar por un par de horas para coger fuerzas para lo que venia, para lo importante, para el expulsivo.
    He de decir que tengo un recuerdo bonito porque fue el dia que conocimos al amor de nuestra vida, pero también es un sabor amargo. Creo que nos faltaba información, no sabiamos lo que venia, confiamos en la naturaleza y lo sabia que es, pero la mente es muy complicada y me jugo una mala pasada. Mi cuerpo temblaba del temor y del dolor que estaba pasando, mi suelo pélvico demasiado fortalecido no ayudaba a que avanzase todo, y solo pensaba porque no avanza?
    Un año después estoy en la semana 20 de mi segundo embarazo y tengo miedo…….mucho, quiero no sufrir tanto, o es lo normal y las historias que oímos no son del todo ciertas? O porque solo oímos las historias horripilantes o las idialicamente perfectas? Porque no mas historias como la tuya, donde ni todo es precioso ni existen matronas haciendo maniobras complicadas? Como puedo prepararme mentalmente para ello? Quiero aprender a relajarme para que ese dia, los nervios no puedan conmigo y no se como hacerlo la verdad……
    Pero tu relato me ha ayudado mucho y me ha encantado
    Ansiosa por el del postparto

  2. Como tú te comportaste ese día, el esfuerzo tan titánico que realizaste, no sólo ese día, sino muchos meses atrás, tú preocupación única y constante por el bien de nuestro bebé y no por el tuyo sino el de ella, siempre el de ella; el dolor tan inmenso que soportaste, porque ese dolor fue tal que ni siquiera tú lo recuerdas bien, yo sí lo recuerdo perfectamente… demuestran lo que es ser mujer y madre, pero sobre todo me han demostrado de lo que eres capaz.

    Esas últimas horas antes del nacimiento de Luna, las recuerdo y recordaré el resto de mi vida, y como se que yo las recuerdo mejor que tú, quiero que nunca se te olvide el mérito y el esfuerzo tan colosal que realizaste. A día de hoy es el acto más heroico que he vivido, y fue tuyo. Tragiste al mundo a la niña más bonita y feliz que existe y lo hiciste tú sola, sí tú sola. Algunos estuvimos contigo, te apoyamos, te dimos todo lo que podíamos darte, pero solo tú hiciste lo que hiciste, nadie más. El parir no tiene el reconocimiento ni la preparación que debería tener, es una responsabilidad enorme y un esfuerzo brutal, que hasta el día que lo vives en primera persona, no sabes de verdad lo que es. Eres la persona más fuerte y más valiente del mundo, y por eso Luna y yo te queremos y te agradecemos todo lo que ya has hecho por nosotros; te lo mereces todo.

    ~ Te queremos ~

  3. No soy madre y por mucho que crea que puedo, aunque sea mínimamente, imaginar lo que se siente, sé que ni me acerco. Leer tu experiencia, tan bien relatada y descrita, me ha arrancado lágrimas emoción. Ojalá si llega el día pueda ser la mitad de valiente que tú.

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