MAMÁ, QUIERO SER MINIMALISTA

“Mamá, quiero ser minimalista”, esa fue la frase que le solté el otro día a mi madre en medio de una merienda que organizamos para ponernos al día. Automáticamente ella me preguntó que si quería cambiar la decoración de la casa, “con lo mona que me había quedado”… Si, a veces es difícil explicar a los padres aquello que nos ronda la cabeza sin morir en el intento.

Tras explicarle que el minimalismo era un estilo de vida y no solo una vertiente decorativa, ella me hizo una pregunta bastante inteligente: “¿y se puede ser minimalista, así sin más?”. No supe muy bien que contestarle y enseguida cambié de tema porque la conversación se estaba volviendo demasiado complicada. Últimamente mi cerebro no da para mucho, serán las 38 semanas de embarazo.

A decir verdad, no sé que se necesita exactamente para “ser minimalista”, tampoco sé si el termino se expresa así o si existe otra manera de expresarlo, perdona mi ignorancia. No estoy nada puesta en el tema y mi única pretensión es contarte que de un tiempo a esta parte me apetece vivir con menos y deshacerme de cosas que no necesito para ser feliz.

Creo que el embarazo ha sido el responsable de muchos cambios a nivel mental en estos últimos meses. También el hecho de haberme mudado, de haber cambiado el alquiler por vivienda propia hace que te plantees muchas cosas y quieras deshacerte de objetos que realmente no merecen la pena. Pero si miras a tu alrededor con mirada crítica y serena, te das cuenta de que realmente se necesita muy poco para sentirse pleno y en paz, y todo absolutamente se encuentra dentro de una misma.

Espero que no te suene demasiado místico, no pretendo darte una clase de espiritualidad en este post, pero soy muy fan de esa frase que dice “si no eres feliz con lo que tienes, tampoco vas a serlo con lo que te falta”.

Con el tiempo me he ido dando cuenta de la infinita influencia a la que estamos sometidos sin ni siquiera darnos cuenta. Qué quieres que te diga, pero me enerva terriblemente pensar que no soy yo la responsable de crear mis necesidades reales y que son las redes sociales o la televisión las encargadas de hacerme creer que mi felicidad no depende de lo que soy y que para sentirme mejor necesito esto o aquello.

Si entras en Instagram y te das una vuelta por “la lupita” seguramente salgas de la aplicación necesitando alguna prenda concreta de ropa (con suerte es solo una), el último labial ultra mate soft velvet de larga duración y unas botas chulísimas que son prácticamente iguales que unas que ya tienes pero con una rayita blanca en vez de negra en el lateral derecho en vez del izquierdo… Terrible.

Lo mismo pasa si enciendes la tele y te pasas más de cinco minutos viendo publicidad, enseguida el marketing despliega todo su poder para absorberte y hacerte creer que necesitas esto o aquello para sentirte un poquitín mejor. Sus equipos crean slogans capaces de engancharte hasta el último pelo para que la próxima vez que veas sus productos recuerdes esa sensación tan prometedora que desprendían sus anuncios.

Algunos de los slogans que más me llaman la atención por la ironía de su mensaje son los siguientes:

  • “Hay cosas queel dinero no puede comprar, para todo lo demás, Mastercard.”

  • “Tómate un respiro, tómate un KitKat.”

  • “No es lo que tengo, es lo que soy.”

  • “Nespresso: What else…?”

  • Y mi favorito… “No es más rico el que menos tiene, sino el que menos necesita.”

Todos tienen ese trasfondo de hacerte ver que no necesitas más, que hay cosas que el dinero no puede comprar, que te relajes (tomándote por supuesto un KitKat con un Nespresso, ¿para qué más?), y sin embargo sin que nos demos cuenta nos están haciendo partícipes del gran pez que se muerde la cola: el consumismo.

Consumir para ser felices, consumir para sentirnos plenos, consumir para alcanzar el Nirvana…

Nos estamos haciendo adictos a comprar, a adquirir, a coleccionar materiales inertes que no aportan nada más que una sensación efímera de falso bienestar, tan efímera de hecho, que a escasas horas de haber guardado en un cajón nuestra última adquisición ya estamos en busca y captura de más cosas que alimenten el vacío que nos estamos produciendo a nosotros mismos.

¿El mejor ejemplo? Los blogs/canales de moda y belleza. He de reconocer que he sido muy fanática de la moda y el maquillaje unos años atrás. Pero joder, ¿cómo no serlo? Las marcas cazan a todas esas chicas, monísimas, con unos tipazos de quitar el hipo y las disfrazan con sus prendas y labiales: están guapísimas, y yo estaré igual de guapa si me disfrazo exactamente de esa misma forma.

Tiene sentido, claro que lo tiene, mi mente sigue cayendo (ya no tan a menudo) en esa trampa de ver a Fulanita o Menganita con según que conjunto de ropa y pensar, “vaya, que bien combina esa chaqueta con esos tacones y que mona me haría estar”. MMMEEECCC ¡ERROR! Que estés así de mona no va a ser responsabilidad de esa chaqueta en concreto, te lo aseguro. Estás igual de guapa con un jersey de hace dos, tres o quince años, pero el consumismo nos ha lavado el cerebro para hacernos creer que si no vas a la moda temporada a temporada entrarás en el infierno de lo hortera y no te verás bien si no te gastas tu respectivo sueldo en toooodas esas nuevas prendas que han sacado para la nueva colección.

Personalmente, he llegado al punto de no creerme nada. Mi mente duda de todo lo que intentan venderle, y menos mal que lo hace, que alegría ser así de incrédula.

Ser minimalista no es una religión, no creo que sea decir “soy minimalista” y todo cambie de repente, en absoluto. Te repito que yo no soy ninguna gurú del minimalista y que tampoco pretendo serlo, pero es sin duda un estilo de vida que me parece mucho más coherente que el consumismo maldito que nos está haciendo perder el control y la conexión con lo que realmente somos.

Para mí, el minimalismo, rompe todas esas barreras que nos están imponiendo a la fuerza y aun ritmo que va cada vez más rápido. Vivir con menos falsas necesidades nos hace más libres y conscientes. Es un trabajo largo que empieza dentro, con una vocecita que te avisa y te dice que no quiere seguir al rebaño.

Estos últimos meses me han abierto tanto los ojos al respecto que no puedo más que sentir una gratitud enorme por haber comprendido que emprender un camino hacia el cambio que quiero ser es la mejor elección que he podido tomar.

No voy a tirar todo lo que tengo para hacerme una cabaña de madera en medio de la montaña, tampoco voy a dejar de maquillarme ni de vestirme como me hace sentir bien, esto no tiene nada que ver con eso. Es simplemente vivir consciente y con atención, sin acumular cosas sin sentido, sin comprar falsa felicidad en forma de cosas tangibles y sin ceder a todo lo que el consumismo quiera meternos por los ojos. Es enamorarse de nuevo de esa falda, sentirse a gusto con una misma sin importar de que color lleves los labios.

Ser en lugar de tener, darle a cada cosa la importancia que merece. Que sencillo y que bonito camino por recorrer ¿verdad?

 

Feliz semana,

María

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2 comentarios

  1. Precioso post Maria! A mi también me pasó algo parecido en el embarazo y cuando tuve a la nena más aún 😊 y tengo que decir que és un camino precioso y que soy muy feliz. Me alegra mucho que estés viviéndolo ❤️ besazos corazon

  2. Me encanta el Post Maria! yo también estoy descubriendo ahora ese mundo, me empezo un poco a abrir los ojos el libro de Mari Kondo, muy recomendable la verdad. Un abrazo y mucho animo para la recta final!

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